OPINIÓN 9-9 Paternidad sobrevenida II

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Hoy, en el transcurso de la mañana, se celebró el juicio rápido por aquello de la paternidad reclamada a mi persona, hechos que en el discurrir de estos días quedaron probados como infundados ante mi falta de implicación activa en los mismos (bueno, y pasiva) y que así fueron reconocidos y dictados por el juez encargado de dictar sentencia y a tenor de la falta de pruebas condenatorias y no reconocimiento del culpable (o sea yo) por parte de la supuesta agraviada.

Habida cuenta de la complejidad del caso, y aun cuando la edad del desamparado (setenta y cinco años y unos meses, como ya comenté días atrás) ya resultaba por naturaleza prueba determinante de mi inocencia en el acto cuyas consecuencias ahora se reclaman en derecho, el señor juez obrando de forma justa (al menos en mi opinión) ordenó lo que se llama rueda de reconocimiento, disponiendo para la cuestión de un servidor, cuatro paisanos cogidos al azar en el pasillo y mi abuelo que me acompañaba a la vista del juicio dicho, y que a falta de más gente deambulando por la zona común, fue elegido para ocupar plaza en el rondo de reconocimiento.

Nos pusieron en fila, hombro con hombro, nos asignaron un cartel con un número (distinto para cada uno, eso sí), nos invitaron a mirar al frente (sin necesidad de sacar pecho), guardar silencio y no hacer movimientos, muecas o gesticulaciones. Y así posamos.

Apenas transcurridos dos minutos nos ordenaron romper filas. Y cuando ya nos disponíamos a abandonar la sala en que habíamos posado, mi abuelo fue llamado a parte del resto de figurantes. En la distancia pude observar como de forma educada pero tajante le indicaban algo que no lograba entender y al momento observé como mi abuelo, con evidentes gestos de súplica se dirigía a sus interlocutores, quienes, a su vez, se miraron entre sí, haciendo uno de ellos un gesto afirmativo al compañero, momento en que mi abuelo devolvió el gesto con una leve inclinación de cabeza y se vino hacia donde yo estaba.

¿Qué pasa abuelo? Le pregunté. Nada, nada, tranquilo, me respondió, un malentendido. Que, al parecer, la señorita agraviada, me ha confundido con otro y asegura que fui el colaborador necesario e imprescindible en la fabricación de este tu nuevo tío.

Solo acerté a preguntar ¿Pero abuelo realmente tuviste algo que ver con esa señora? Pues hijo no sé, me contestó, estaba muy oscuro y no me pude fijar con detenimiento.

Juan Carlos Orueta 23 de agosto


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